ESCULTURAS RADEK
Escultor de madera

REPORTAJE TALA


REPORTAJE DE TALA EN EL PARQUE ISABEL LA CATOLICA DE GIJON


TELEVISION:
PROGRAMA CONEXION ASTURIAS
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PERIODICO:
 

 

De viaje por el mundo saltando de copa en copa

El joven polaco lleva tres semanas trabajando en Isabel la Católica para eliminar 37 chopos considerados peligrosos por su mal estado

 
 Radek Golebiewski hace impresionantes esculturas con los árboles que poda y tala.

Con sólo siete años, cuando todavía vivía en Varsovia (Polonia), ya manejaba el hacha con una precisión que dejaba boquiabierto a más de uno. «Fue mi abuela quien me enseñó a utilizarla, pues había que cortar leña para calentar la casa», recuerda Radek Golebiewski Bombalska, el joven que, desde hace tres semanas, trabaja sin descanso para talar 37 chopos del parque de Isabel la Católica considerados peligrosos debido a su mal estado. Hoy es su vida, pero por aquel entonces el pequeño no se imaginaba que lo que para él no era más que un juego terminaría siendo su profesión y le llevaría a recorrer infinidad de lugares.
Con catorce años Radek se vino a vivir a España, donde compaginó sus estudios con su trabajo de albañil. «Salía a las dos y cuarto del instituto y me iba corriendo a comer, pues a las tres tenía que estar ya en la obra», relata. De esa forma el joven terminó la enseñanza Secundaria y se decantó por la formación profesional. Le gustaban los ordenadores y aprendió a trabajar con ellos y repararlos, pero el destino le deparaba algo bien distinto. «Hacía falta dinero en casa, así que me puse a trabajar en una empresa de jardinería, donde aprendí la base de lo que hoy es mi trabajo. Podaba, plantaba, talaba... lo que hiciese falta. Con el tiempo le fui cogiendo el gusto y descubrí que no se me daba mal», relata. Tanto es así que apenas tres años después Radek creó su propia empresa, Trabajos Rainer.
Los primeros años, reconoce, fueron difíciles. Costó hacerse con una buena cartera de clientes. Sin embargo, su habilidad pronto comenzó a correr de boca en boca y el polaco fue consiguiendo encargos de mayor envergadura. «Quizás mi primer gran trabajo fue el que hice en 2005 en Portugal, donde me pidieron plantar 1.300.000 olivos», rememora. Ese trabajo le llevó dos años y no fue más que la punta del iceberg de lo que le esperaba. De Portugal se fue a Francia, después a Alemania, a Marruecos, a su Polonia natal... La lista es interminable, como lo son las horas de trabajo que dedica a lo que es su gran pasión. «Trabajo hasta los domingos. No puedo parar, pues no sé decir 'no' y siempre tengo multitud de encargos a los que hacer frente», señala.
De hecho, mientras se encarga de los chopos del parque de Isabel la Católica, cuatro de sus empleados le esperan en Francia, donde tiene otro encargo y adonde se dirigirá en cuanto termine su trabajo aquí. «Lo que peor llevo es no poder ver más a mi familia, les echo muchísimo de menos», comenta con tristeza. Su mujer, Inma, es «la pieza clave, sin ella no podría hacer lo que hago» y su hijo Iker, de diez años, ya apunta maneras. «Ya sabe manejar sin problemas la motosierra», apunta.
«Cuando estoy ahí arriba me aíslo de todo. Necesito concentración plena», explica. Los chopos con los que trabaja estos días en Gijón tienen una altura de entre veinte y treinta metros, pero Radek llegó a trabajar en Francia con secuoyas de más de cuarenta metros de altura, es decir, como un edificio de catorce plantas. Allí arriba un descuido puede ser mortal, por lo que el polaco está acostumbrado a adelantarse en el tiempo. «Esto es mucho más complicado de lo que se puede pensar. Hay que ver cómo y dónde va a caer cada rama y calcular cuál es el corte preciso para que vaya donde tú quieras». La suya es «una de las profesiones más peligrosas del mundo» y sólo se puede aprender a base de trabajo, pues «no existen manuales, ya que cada árbol es un mundo».
Pese a las interminables jornadas de trabajo, Radek reconoce que es un afortunado: su trabajo le apasiona y la crisis, de momento, no existe para él. Adora la tala, la poda y la plantación pero, destaca, es la escultura con motosierra con lo que más disfruta y a lo que espera dedicarse de lleno en un futuro. «Cuando todavía estaba en la empresa de jardinería donde empecé pensé que era un desperdicio triturar o quemar algunos de los árboles que talaba. Entonces me lancé e hice mi primera seta», relata. Le gustó tanto la experiencia que siguió practicando, atreviéndose a ir cada día un poco más lejos. Pingüinos, salamandras, tótems africanos, moáis de la Isla de Pascua, setas, mesas, sillas y hasta árboles de Navidad surgen como por arte de magia de los troncos. Muchas de ellas adornan hogares, bares y hasta consultas médicas y sus exhibiciones en directo en ferias tienen gran éxito. «Había pensado crear una especie de bosque de esculturas con los árboles del parque, pero la idea no cuajó», lamenta. Eso sí, Radek no se rinde y promete volver.
 
LUCÍA RAMOS





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